El juego o la vida

Ludópatas en rehabilitación afirman que algunas de las consecuencias de esta adicción son la pérdida de la familia y de la salud, además del impacto económico que llega a tener en sus vidas.

Asociaciones y afectados definen el juego ante este periódico como «la pandemia del siglo XXI» y coinciden en destacar que «se está cargando a la juventud», como afirma Juan, que acude desde hace seis meses a la Asociación Cordobesa de Jugadores en Rehabilitación (Acojer) con su hijo, Rafael, para ayudarle a salir de la adicción.

Los dos han empleado nombres ficticios para ofrecer su testimonio, pero su historia bien podría ser la de muchas familias cordobesas que, según explican los colectivos, se están encontrando en esta situación por el auge de actividades como las apuestas deportivas. De este modo, Rafael se muestra convencido de que, «de diez nenes, ocho apuestan seguro», y cuenta que comenzó a jugar a los 17 años, coincidiendo con una etapa en la que vivió fuera de casa y en la que los establecimientos no le pedían el DNI para poder acceder.

Este joven apunta que el juego es la forma de ocio de muchos adolescentes y que con un amigo «íbamos a la ruleta y echábamos ahí la tarde», permaneciendo quizá desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche. «Mis padres me dijeron que tenía un problema y no lo quería ver», subraya, a lo que añade que «pensaba que, como me gustaba, era un vicio, pero, una vez que entras en la asociación, eres consciente de que es una enfermedad».

Como ya está trabajando, explica que «cobraba y me lo gastaba» porque, después de pagar el alquiler, «lo demás era para el juego». Así, apunta que ha llegado a destinar 1.600 euros al mes a esta adicción y a pedir dinero a su familia para poder comer y entiende que «es peor que las drogas». «Llegas a la mentira y a lo que haga falta para poder jugar», asegura. De su parte, Juan cuenta que «vinimos a la asociación y es lo mejor que hemos hecho, porque ya ha regresado el chaval que era». Ahora que están superando el problema, el padre se da cuenta de que los ludópatas «se montan un mundo irreal y arrasan con todo lo que pillan, son los número uno mintiendo».

Las claves de la historia de Rafael son similares a las de Pablo (otro nombre ficticio), aunque en su caso los efectos han sido más importantes. Este funcionario, de 49 años de edad, recuerda que sus primeros contactos con el juego tuvieron lugar a los 13 años, aunque la peor etapa comenzó a partir del 2010 y le condujo, incluso, a sufrir un infarto «porque la situación era insostenible». En el 2017 dio el paso y acudió a Ludópatas Asociados Rehabilitados (LAR) para pedir ayuda.

A causa del juego, perdió a su pareja y estima que tiene unas deudas de en torno a 50.000 euros. En esta línea, comenta que «esta adicción da la cara, fundamentalmente, cuando el tema del dinero se te va de las manos», por lo que una de las consecuencias es que los ludópatas «no podemos manejar» los recursos. En su caso, es su hermano quien controla su economía y tiene que justificar ante él cualquier pago que realice. Pablo cree que «uno es ludópara para toda la vida», aunque en el colectivo «te enseñan a controlar el impulso», con el objetivo de intentar llevar una vida normal. Ahora critica la presencia del juego en la televisión y que en los partidos de fútbol «te bombardean con publicidad», a lo que se suma que «las casas de apuestas están creando mucha adicción entre la gente joven y la Administración tendrá que ponerle freno», opina.

Del lado de los familiares se encuentra, asimismo, Patricia, que también usa un nombre ficticio para contar que en Acojer los están ayudando a ella y a su marido. Patricia confirma que «esta enfermedad da vergüenza y no hablas, porque no quieres que juzguen a la persona». En este sentido, aconseja acudir a un colectivo, porque, «si hay gente que te puede ayudar a que tu vida deje de ser un infierno, es la asociación», y cuenta que se está haciendo monitora para trabajar con otros familiares de ludópatas. Al igual que en otros casos, el problema de su esposo llegó de forma inocente, jugando a las máquinas en la Universidad, y subraya que «lo más difícil ha sido volver a confiar, porque entras en un círculo de enfermedad y mentira, y vives en una pura ansiedad». Patricia hace hincapié en que la rehabilitación no consiste solo en dejar de jugar, sino en «cambiar tú para no volver a caer».

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